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Agata roja

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El sarcofago de diorita

agosto 29, 2007

El astrónomo escocés Duncan Lunan comenta en su libro Interstellar Contact (Bantam,1974), que cuando los obreros del califa egipcio Al-Mamún consiguieron irrumpir en la Gran Pirámide de Keops en el año 800 de nuestra era, se sorprendieron al descubrir que el gran sarcófago en la Cámara del Rey no tenía tapa, aunque había sido diseñada para portar una. Los profanadores de tumbas se quedaron atónitos al descubrir “un pozo” no muy lejos del punto en que lograron forzar la entrada al pasadizo ascendente que conduce a la Cámara del Rey.

La parte superior del pozo“, escribe Lunan, “había sido sellada originalmente, pero en algún momento, se le abrió desde abajo con suficiente fuerza como para dañar el muro adyacente, como si se hubiera hecho uso de explosivos“. El autor sugiere la posibilidad de que si la pirámide de Keops efectivamente fue profanada por desconocidos que hicieron uso de dicha ruta, resulta factible que se hayan llevado la tapa del sarcófago de diorita, que portaba “un archivo computarizado que conservaba la pirámide“. Lunan agrega que estos desconocidos sabían exactamente a dónde dirigirse, y que sellaron la pirámide después de salir, “como si jamás hubiera sido profanada“.

Algunos podrán creer que el destacado astrónomo pudo haberse dejado llevar por sus propias especulaciones en este caso, pero tanto estudiosos como arqueólogos y esotéricos se han preguntado sobre el propósito del enigmático sarcófago de diorita que ocupa el centro de la Cámara del Rey. Todas las partes -tanto conservadores como librepensadores- concuerdan en que jamás se le utilizó como la sepultura de un faraón olvidado, ya fuese Keops o algún otro. ¿Qué objeto pudo haberse colocado, con devoción y reverencia, dentro del sarcófago de diorita? ¿Qué objeto sin nombre merecía ser consagrado de tal modo en los albores de la civilización humana?

En su obra maestra, La octava torre, John Keel sugiere la posibilidad de que la Gran Pirámide y la enigmática cámara con el sarcófago de diorita pudieron haber sido utilizadas para albergar un artefacto de origen sobrenatural, tal vez el Arca de la Alianza o hasta el misterioso fragmento de piedra meteorítica conservado en la Kaaba en La Meca. De ser así, bien pudiera ser que estuviésemos de cara al más importante de los artefactos misteriosos: un dispositivo multimilenario colocado por una civilización extrahumana o parahumana para vigilar el progreso de la recién nacida humanidad, o influenciar el desarrollo de nuestra especie en formas insospechadas.

La perspectiva de Keel sobre el asunto no es tan benigna. La “octava torre” que sirve de título a su obra es “una especie de cápsula de tiempo electrónica, que sigue funcionando sin sentido ni propósito después de millones de años“, plagándonos con fenómenos parafísicos como los OVNI y seres extraños, y tal vez rigiendo las oleadas de locura que afectan a la humanidad siglo tras siglo.

¿Resulta posible combinar las teorías de Lunan con las de Keel? Si alguien profanó la Gran Pirámide en algún momento de la antigüedad, con pleno conocimiento de lo que se albergaba adentro, y lo extrajo, ¿dónde está ahora? Si el mayor de todos los “objetos fuera de sitio” resulta ser el superordenador paranormal plasmado en los escritos de Keel, ¿cuál sería su paradero actual?

El sendero de la especulación nos invita a proseguir: existe la posibilidad de que la misteriosa piedra negra conocida como la Kaaba, venerada en Arabia Saudita hasta el día de hoy por mil millones de musulmanes, sea el objeto en cuestión. También podría ser el enigmático cubo de Gurlt, que desapareció de manera oportuna durante la confusión de un bombardeo aéreo. El objeto puede estar oculto en cualquier parte del mundo, custodiado por una “hermandad” dedicada a protegerla contra los profanos. El mismo Duncan Lunan ofrece la posibilidad de que los seres extraños descritos por el profeta Ezequiel alrededor del 600 a.C. formaban parte de una misión de rescate espacial encargada de recuperar el objeto. La verdad del asunto casi seguramente será más extraña que la ficción.

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